La oscilación

September 24th, 2008 / No Comments » / by edwin

amo el vacío
            los ángulos diedros y brunos
                                 la noche sin luna y sin estrellas

he escrito mi nombre en el aire con un lapicero rojo
pero la tinta ha quedado grabada como un péndulo

                                                       asfixiante
                             tortuoso
movimiento

cuento los segundos que faltan
                                  para dejar de ser un aprendiz

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Cartas a Milena

September 24th, 2008 / No Comments » / by edwin

Martes

Esta mañana volví a soñar contigo. Estábamos sentados uno junto al otro y tú me rechazabas, sin enojo, con toda amabilidad. Yo me sentía muy desdichado. No por el rechazo, sino por mí, que te estaba tratando como a una mujer muda y no escuchaba la voz que salía de ti y se estaba dirigiendo a mí. Quizá la haya oído; pero no había podido responderle.

Eso me recuerda algo que leí en algún lado: “Mi amada es una columna de fuego que se mueve sobre la tierra. Ahora me tiene abrazado. Sin embargo, ella no arrastra a quienes abraza, sino a quienes la ven”.

Tuyo (ahora he perdido hasta el nombre, se fue abreviando cada vez más y ahora sólo es: Tuyo).

Franz Kafka

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Mi gato Rascabuses

September 24th, 2008 / No Comments » / by edwin

Mi abuela me repetía desde su mecedora:

Si proteges un gato en invierno tendrás una sirena en verano.

Por aquel tiempo yo tenía siete años y el sol era un disco con focos
                                            y la luna una moneda de cartón

Todos los días de la semana mi gato Rascabuses se caía de cara dando volteretas
                                                                       frente al amor de su vida

Amaba a una gata preciosa de bellos lunares y maullido sedoso

Pobre, Rascabuses, el desaliñado felino de mirada terrestre y ojos negros

Un día lo encontramos congelado en la nevera con una carta de amor entre sus patas

Mi gata está preñada y nadie sabe de quién

Es que hay gatos tontos, me consolaba mi abuela, que se creen kamikazes o samuráis.

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Una ciudad novelesca

May 13th, 2008 / 1 Comment » / by edwin

Una ciudad novelesca como ninguna otra ciudad novelesca. ‘Era una ciudad tan peculiar que me dije: Tengo que ponerla en un libro. Yo no creo demasiado en ciudades novelescas, pero aquello era demasiado’. Jean Echenoz caminó por la ciudad novelesca y utilizó esa experiencia para que su narrador de ‘Al piano’, el reputado pianista Max Delmarc, deambulara por la misma urbe que él visitó pero esta vez muerto y en una travesía de purgatorio. Nada más adecuado que pensar en una ciudad novelesca como una ciudad de expiación. Pero ojo, las ciudades novelescas no son paraísos ni infiernos, son ambas cosas a la vez.

Iquitos es una isla, rodeada de un río inmenso e inconmensurable, una isla porque vaya uno a donde vaya se cruzará con agua dulce y tibia, con lanchas y peque peques, con hombres al sol y niños en la playa, con sirenas y gallinazos y mitos. Una ciudad que afrontó conflictos y guerras contra tres países, que sufrió considerables luchas internas y hasta le crearon por algunos meses una moneda propia. Isla, sí; ciudad, sí. Como obsequio, le otorgaron en 1897 una casa Eiffel traída desde París; también, un hotel de tres pisos y mirador revisados por un discípulo de Gaudí, con azulejos italianos y hierros alemanes; un teatro (no como el teatro de la ópera de Manaos, pero teatro al fin y al cabo) al que llamaron Alhambra y en que alguna vez deslumbrara la actriz Sara Bernhardt; un colegio masculino de la orden agustiniana y uno femenino de la orden franciscana. Dentro de su peculiaridad, tuvo como alcalde un alemán nazi que gobernó en dos oportunidades antes de que lo deportaran en plena Segunda Guerra Mundial. En sus dominios se produjeron y denunciaron abusos contra indígenas en las casas caucheras y además vio con desgarro y frustración cómo aquel esplendor que había comenzado a florecer de un momento a otro, de un siglo a otro, de una época a otra, se iba apagando dentro de sus entrañas rápidamente, una fluida sangre que brotó de sus muñecas sin socorro y ante la inclemencia del sol y la lluvia y el arco iris (porque en las ciudades novelescas, como sabrán, todo sucede junto o no sucede).

Aún hoy brilla la casa Eiffel, uno de los tantos modelos industriales que el mismo Gustave Eiffel diseñó y exhibió en la Exposición Internacional de París de 1889, pero es uno de los pocos establecimientos que se mantienen en pie y que emanan el aroma nostálgico de la época del caucho que se vivió en Iquitos. Cuenta la historia que el cauchero Vaca Diez llegó a la isla en los primeros meses de 1897 y que, luego de percatarse de las dificultades que conllevaría el traslado de su casa de fierro de la ciudad a Bolivia, se la vendió al cauchero Anselmo del Águila, sin sospechar que meses después moriría ahogado junto a Fermín Fitzcarrald en las aguas del río Urubamba. Cuenta la historia (y uno puede ser todavía testigo de ello) que aquella casa de fierro salvada del olvido se ensambló en la esquina de la calle Próspero y Putumayo, a pocos pasos de la Plaza de armas, y que dicho armazón de metal se convirtió de inmediato en el símbolo tangible del apogeo económico que primara desde fines del siglo XIX hasta los primeros años del siglo XX.

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